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Hola a todos. No me podía quedar sola ante mi mutismo y dejar de contar
una de las mejores anécdotas de mi viaje a Roma. Viajar es muy
enriquecedor y gratificante, pero si además se suceden como un lastre o
más bien como un ingrediente una serie de sucesos que te incitan a la
risa y al desparpajo la satisfacción esta servida. Bueno todo empezó en el Vaticano un día gris a media tarde. No tenía yo
conocimiento de que ese día íbamos a ese punto neurálgico que tanto me
incita al recogimiento y al rezo diario. Era el penúltimo día de
nuestro viaje y no era para menos que portara de mis mejores galas pero
no las lleve con el mismo brío que en otras ocasiones porque el entrado
invierno me había regalado más grasa de la cuenta. Por la mañana toda
una odisea, intentar embutir me en aquella falda que en muchas
ocasiones lleve sobradamente holgada se convirtió en todo un reto. Pero
lo conseguí finalmente, y también decidí estrenar aquellas medias
negras de rombos y por supuesto botas hasta arriba.
Todo cotidiano como mi asistencia una nueva mañana al seminario de
diseño de interiores, y la visita casi matinal a diferentes enclaves de
la arquitectura moderna de la ciudad; aunque sinceramente mi aspecto
sorprendió a mis compañeros, yo que había guardado todas las formas en
el viaje.
Por fin la visita inesperada, entrar en la mismísima basílica de San
Pedro, poner un pie en tierra santa, en el Vaticano. Cuando llegue a la
plaza muy locuazmente proyectada por Bramante me sentí imbuida de un
halo misterioso e intenso. Ante mi ingenuidad no entendía porque era
objeto de miradas, si era mi devoción absoluta o mi mirada limpia.
Pero iba más allá, aún más. Aquella falda enrollada a mí cuerpo como un
celo que casi podía insinuar la semilla de Eva, aquella camiseta que no
disimulaba el lecho de donde mamó el mismo Jesucristo, aquellas medias
con dibujos frac tales, anodinos; aquellas botas altas que portaron los
mismos que injuriaron a Cristo. Todo fue una blasfemia, yo misma si
cabe. Una anciana se aproximo a mí moviendo los brazos hacía el cielo:
per favore, per favore!!!; que forme figlio estas!!!, si puo non essere
qui cosi!!!, tendrías sentirsi vergogna!!, non vedo presente!!!, questa
e una bestemmia!!!, e un alleato del diavolo!!!.
No entendía su reacción, nuevamente otra hecatombe para visitar la
iglesia. Fue un triunfo entrar allí gracias a mis avispados compañeros
de peregrinación que me volvieron a embutir en chaquetas, rebecas y
crucifijos. Conseguí entrar en San Pedro camuflada o más bien tapizada
pero ciertamente como una persona no puede llevar siempre una máscara,
al subir a la cúpula de Miguel Ángel todos los ropajes se desplegaron,
se desplegaron de una. Y yo iba subiendo entonces con aquella falda
minúscula como el mismo Demian deseoso de coronar aquella cúpula desde
donde se podía dominar abominablemente el mundo. Y al final la coroné y
vi todas las maravillosas vistas de Roma y Roma me vio también a mi,
pero en paños menores. Y entonces sentí una revelación: yo era el
vestigio de la mismísima Maria Magdalena, su última descendiente, una
puta, una puta que se había ganado el cielo subiendo a aquella cúpula.
Allí abajo se quedo aquella mujer con las manos mirando hacia el cielo
pero yo estaba en el cielo. |